viernes, 18 de enero de 2013

MI SANGRE TAMBIÉN TE PROTEGE

Esa noche dormí despierto. Mirando hacia un mismo punto en el techo y formando imágenes con las sombras producidas por las pocas luces que entraban por la ventana. Y en cada sombra te veía aún sin conocerte. Cuando más pensaba en ti y en tu rostro desconocido mis palpitaciones se aceleraban y una sonrisa se dibujaba sola en mi rostro. Para que amanezca faltaba mucho y el calor de mi angustia mitigaba el frío del invierno. Daba vueltas en la cama, bostezaba, sonreía, miraba por la ventana, me levantaba, daba diez pasos nerviosos y volvía a acostarme. Comencé a contarte quién era yo y mi corazón me decía que estabas escuchando. Y así, luego de una larga noche en la que conversamos sin detenernos, la luna oculta dio paso al día y amaneció.
 
Mi relajo era tal que creí haber dormido toda la noche sin embargo había sido tu picardía la que en realidad me mantuvo despierto. No quería que te vayas de mi mente, pero la mañana fría se vio interrumpida cuando abrieron la puerta de nuestra habitación.
 
- Bien Señora, tenemos que llevarla para la preparación -. Dijo una de ellas. Yo aún en ropa de dormir no atinaba sino a interrumpir la rutina. Mamá reía y acomodaba su andar a la enorme panza que aún te servía de refugio. Ese día verías la luz y yo, aún sin conocerte, ya imaginaba tu carita. Ya te quería cargar, ya quería tenerte conmigo.
 
Quise estar cerca todo el tiempo pero andaba de un lado para otro. Tenía intención de cerrar los ojos con mucha fuerza y de pronto despertar de nuevo y que todo haya pasado y tú ya a mi lado.
 
- Póngase esto -. Y me dieron una indumentaria de enfermero. El momento había llegado, verías la luz y si llorabas te consolaría como pudiera, no importaba el modo. - Pase por aquí por favor. - Y entré a una sala grande. Mamá estaba acostada en una camilla y yo a lado de ella sabía donde estaba pero estaba perdido. Mis piernas no respondían. Todo marchaba como debía pero era un loquerío. Tu llegada ameritaba más decoración. Quería inflar globos, aventar serpentinas, soltar picapica, tocar pitos y girar matracas. - Vamos a empezar -, escuché decir. Un bisturí formaba una puerta de salida por la que conocerías el mundo. Yo miraba pero no sabía qué. Tan solo miraba.
 
Todo marchaba bien, la doctora me invitó a posicionarme en un lugar estratégico para apreciar cada segundo de tu arribo al mundo. Quería que todo pasara más lento, poder nombrar cada situación... pero parecía que las manecillas del reloj daban vueltas con mayor velocidad y así el tiempo. No había tiempo para reconsiderar, todo era una secuencia de actos uno tras otro, precisos que debían suceder paso a paso sin interrupción.
 
La manera como intentaban sacarte del vientre de mamá era impresionante. Con fuerza y destreza e incluso "abuso" maniobraban a su antojo tu delicado cuerpecito aún protegido pero algo pasaba, no salías. Mi cuerpo en lo que tarda medio segundo se quedó paralizado. - ¡¡¡Viene deflexionado!!! -, dijo la doctora encargada del parto y le dijo a su colega que se ocupe de lo suyo. De inmediato una doctora estaba sobre el cuerpo de mamá haciendo presión sobre el vientre para empujarte. Yo tuve ganas de detener todo sin saber qué hacer después. Me contuve. Para mi fueron horas pero recapitulando fueron quizá tres minutos los que demoraste en salir luego de que te desviaras en el vientre de mamá y obstaculizaras tu salida. (Te entiendo, para como a veces es el mundo, sería increíble quedarnos dentro de mamá siempre, ¿no?).
 
Y ahí estabas, Santiago, impresionándome desde el primer segundo en que respiraste mi aire y tus pulmones ensordecieron el recinto donde estábamos. Pese a recordar cada segundo como una película que se repite en mi mente aún permanecía entumecido sin reacción, tan solo asombro.
 
- ¡Toma la foto! - Gritó alguien y yo apreté el botón de la cámara y...
 
 
... capté la imagen más bella y más hermosa que tengo de ti. Sin poses ni sonrisas. Sin fondos de paisajes paradisiacos, sin cataratas ni flores silvestres. Sin playas de mares verdes o cielos despejados con nubes de diseño perfecto. Sólo tú, con lo ojos cerrados con firmeza debido a la furia de tu primer llanto. Con los bracitos y piernitas estirados en señal de defensa y abrazo. Con el pelito peinado, pretensioso desde nacimiento. Con ese color rosadito que tanta pureza manifiesta. Y protegido con la sangre de mamá. La nueva Vida y la Sangre del momento más feliz de mi vida, confluyen en mostrarme las infinitas razones de ser inmenso para cuidarte e insignificante ante tu grandeza. Me impacta recordarte así, lloro como lo hago en este momento y debo interrumpirme para calmarme mientras te contemplo. La sangre nos une, es vital para vivir. No existe otra imagen en el mundo que supere la autenticidad del amor que ver el nacimiento de un hijo tal como sucedió. Mi Sangre también te protege, hijo mío. Y verte así, decorado en el maravilloso don de la vida con la sangre de mamá protegiéndote, no tengo más que agregar, tan solo, gracias por existir.
 
Han pasado ya algunos años desde aquella noche que dormí despierto y hablé contigo aún sin conocerte. Tal como te imaginé eres. Tal como me respondiste esa noche lo haces hoy. De la misma manera en que esa noche me impresionaste hoy lo logras con creces. Y del mismo modo que cambiaste mi vida esa mañana, ahora lo haces a diario.
 
En mis momentos de silencio, cuando nadie me escucha y puedo hablar mirando hacia el cielo, suelo pedir el mismo deseo: Siempre ruego partir de este mundo antes que tú e irme cuando ya no sea necesario estar aquí pero sí tener el tiempo suficiente de verte completar todos tus anhelas. Y si en mi partida te genero nostalgia, no será significado de que fui un buen padre sino de que tú nunca dejaste de ser un estupendo hijo. 
 
Gracias hijito, este es un muy humilde homenaje que mi mal llamado don de escribir te otorga en gratitud por todo lo que haces por mí, sobre todo, hacerme una mejor persona cada día. Te amo, Santiago.
 
Moraleja.- Santiago querido / Santiago añorado / Tú a mí me has dado / Todo lo más puro de mi corazón     
 

viernes, 11 de enero de 2013

EL MUNDO DE LOS IDIOTAS

Hace mucho tiempo descubrí que me satisface caminar. No me cansa, al contrario, me relaja, me distrae y me permite pensar e incluso organizarme. No lo práctico como deporte en realidad pero cada que puedo aprovecho la oportunidad de evitar una combi y caminar doce cuadras y así ahorrarme cincuenta céntimos para invertir en, por ejemplo, unos churros buenazos que venden por ahí.
 
Aprendí a convivir con mis caminatas cuando me veía obligado a hacerlas porque me quedaba sin pasaje. Hace mucho tiempo atrás en época de colegio, recibía mi pasaje para toda la semana los días lunes y el martes ya no tenía nada, por ende, debía caminar y así lo convertí en hábito.
 
Y son en mis esporádicas caminatas que me he dado cuenta que existe el mundo de los idiotas y lo más llamativo aún, que yo soy uno de ellos, y aún más interesante, que no me quejo de serlo y hasta lo comparto con quien sé le va a ser útil.
 
Todas las mañanas llego caminado tranquilo a la estación del bus que me llevará al trabajo. Mis pasos son descansados porque no voy apurado. Me acostumbré  a salir oportunamente de casa porque la impuntualidad y yo no nos conocemos, felizmente. Sin embargo veo a muchos que corren presurosos, apurados, desesperados, sin importar la tranquilidad de los demás. Y un día pasó que por mi andar tranquilo ajeno a la rutina ajena interrumpí involuntariamente la carrera de un enternado caballero que por no poder mantener el ritmo de su velocidad tuvo que detenerse intempestivamente detrás de mí pero sin éxito. Me golpeó, hizo caer lo que yo llevaba en mano y al reanudar su paso me dijo: Idiota, salte del camino. Entendí que los idiotas somos puntuales, nos tomamos el tiempo prudente para evitar los apuros y acomodamos el día a nuestra costumbre. Más adelante este personaje intentó ingresar al bus cuando éste cerraba sus puertas y como no pudo ingresar, más alterado aún le gritó ¡Idiota! al conductor. Aprendí entonces que idiota también es aquel que cumple sus funciones a cabalidad y no quien arriesga su vida por ganar un par de minutos a la mañana.
 
Luego, frente a un cruce peatonal esperé a que el semáforo me diera la oportunidad de pasar. La cuenta regresiva me decía que debía esperar aún 35 segundos para que cambie a verde. Tranquilo esperé y mientras tanto vi a muchos apurados cruzar la pista a la carrera sorteando los autos que tenían preferencia de pasar. En eso, una mujer al volante sobrepara su auto para evitar atropellar al intrépido peatón y es éste quien le dice Idiota a la mujer del carro, continuando su andar ahora con cólera. Ya entiendo, Idiota es quien evita matarte cuando cruzas la pista cuando no debes.
 
Sigo caminando y decido entrar a un supermercado a comprar algo de comer. Dos personas conversan delante del mostrador de las bebidas naturales. Observan una botella que al cogerla derrama su contenido porque está muy llena. El que tiene la botella en la mano se molesta porque se manchó la corbata. Su acompañante le dice entonces que guarde la botella en su maletín y la lleve sin pagar porque nadie le va a reponer la corbata manchada. El otro responde que no puede hacer eso a lo que el valiente interlocutor le increpa que no sea Idiota y la guarde nomás. Felizmente desiste pero me queda la enseñanza de que ser Idiota es tener valores bien asignados en el comportamiento personal y no cometer delitos.
 
Al llegar a caja veo a una señora llevar un periódico que paga con un billete de 20 soles. La señorita de la caja observa el billete y luego de revisarlo le dice a la clienta que es falso. - Qué Idiota que eres, niña - dice la mujer y raudamente arrancha el billete a la cajera, deja el periódico y apurada sale de la tienda. Es curioso, aprendí que ser idiota es cumplir atentamente con tu trabajo y evitar ser estafado con un evidente intento de querer sorprender a un empleado de supermercado con un billete, a todas luces, falso e intencionalmente usado para el engaño. Ser idiota es sinónimo de astuto, por lo visto. Tomen nota por favor.
 
Casi llegando a la oficina me detengo a leer algunos periódicos y en la portada de un diario deportivo se deja leer la lamentable noticia de un motociclista que falleció participando en la competencia del Rally Dakar. Un ávido lector comenta con el dueño del kiosko acerca de eso y escucho decir al vendedor que este piloto murió en su ley haciendo lo que quería y el opinólogo cierra la conversación respondiendo que el tipo ese fue un idiota por matarse de esa manera. No olvido la frase: "Pa' que se mete a montar moto en un país que no es el suyo, idiota pues, ahí 'ta, ya se murió pe... Gringasho debería montar moto así se escapa más rápido jajaja" y así, concluyó riendo. Entendí el mensaje, idiota es el deportista de 25 años que decidió ser sano y viajar hasta nuestro país para participar de su pasión. Lamentablemente murió, es cierto y es una lástima, hemos perdido a un gran idiota. Y claro, ejemplo a seguir es un muchacho atolondrado y asesino que escapa de su reclusión y quien a sus 17 cortos años (8 menos que el idiota de la moto) ya tiene un prontuario criminal que probablemente inspire películas y miniseries que liderarán el rating del canal al que se le antoje la idea (que dicho sea de paso ya se oye por ahí).
 
Y así, en mis itinerantes caminatas, veo a diario que vivimos en el mundo de los idiotas y que idiota es quien no arroja basura en la calle y ciudadano ejemplar quien lanza por la ventana de la combi las cáscaras de mandarina que se le antojó comer o la botella de gaseosa que terminó de tomar. Idiota es el policía que impone una justa papeleta y honorable es el que pide la coima. Idiota es quien sede el asiento y educado quien se hace el dormido. Intrépido y audaz es quien maneja borracho e idiota el infausto que cruza la calle en ese momento llevando el pan a su casa para tomar lonche con sus hijos y muere en el intento.
Un idiota es pues, una persona que yo quiero ser. Sí, quiero ser idiota y lo práctico a menudo y veo también a muchos idiotas que sí respetamos las reglas de urbanidad porque existen ya sea por cultura o por ley.
 
Obviamente no pretendo ser un perfecto idiota, claro. pero me esforzaré por serlo. Y si trato este tema es porque ésta es mi tribuna, en la que muchas veces plasmo la experiencia que divierte pero también la realidad que es parte de nosotros. Mis caminatas me han ayudado a discernir y decidir que ser idiota, valga la ironía, es bueno. Siento hasta orgullo de pertenecer al mundo de los idiotas porque me permito una contribución minúscula de valores para una sociedad que tanto lo necesita. Necesitamos respeto entre nosotros. Tratarnos como si fuéramos todos extranjeros porque ante ellos mostramos lo mejor de nosotros. Ser lo más idiotas que podamos con la única intención de superarnos a nosotros mismos y ser mejores. Creo que cuando eso comience a suceder podremos decir entonces que finalmente vamos por buen camino.
 
Moraleja: Tengo el orgullo de ser Idiota y soy Feliz.  

   

sábado, 3 de noviembre de 2012

EL ÚLTIMO CONVOCADO

El fútbol, en el Perú, es desde hace mucho tiempo un deporte ingrato. Sin embargo con fe seguimos confiando en él. Incluso no es difícil pensar que Cristóbal Colón imaginó una pelota de fútbol para describir la redondez de la tierra (porque el cuento del huevo me parece hueveo) y hasta le propuso a la Reina Isabel apostar su certeza disputando una pichanguita.
El fútbol mueve multitudes, ciudades, naciones... mueve al mundo entero. Pone en vilo nuestras emociones, nos hermana y nos enemista. Crea ídolos capaces de reemplazar dioses. Cuando Perú gana un partido importante, une a la gente en alegría y borrachera y cuando ocurre lo contrario emborracha a la gente en busca de alegría. Es, quizá, el deporte millonario por excelencia. Ya sea en la disputa de un Clásico, de un Descentralizado, de una Libertadores, de una Sudamericana, de una Copa América, de una Eurocopa, de un Mundial o del Mundialito del Porvenir el hombre habla de fútbol. El ser humano respira fútbol más que por otra actividad deportiva incluso moderna.
Pero empecé diciendo que es ingrato porque aún no nos satisface a los peruanos, por lo menos de mi generación, como quisiéramos; porque en cada Eliminatoria, por cierto, nos eliminan; y ahora que la llaman Clasificatoria, pues no clasificamos. Sólo espero poderte ver llegar al Mundial, Perú querido, pero no sólo a través del logo de MarcaPerú, sino a participar del evento más importante del football mundial.

Irónicamente, pese a que disfruto mucho viendo fútbol por televisión, nunca me gustó jugarlo. Ni siquiera voy al estadio. Siempre rehuyo a la oferta de pichanguear un fin de semana. Me excuso diciendo que soy malo (y lo soy con ganas) y que mejor no cuenten conmigo. Yo puedo ir a comprar las chelas al final del partido si quieren pero jugarlo no. Y esto me sucede desde siempre: De chico vivía en una casa grande con jardín y siempre habían regadas varias pelotas que conforme las navidades y cumpleaños pasaban, se sumaban a las demás. En realidad las veces que cogía mis pelotas era para rascármelas pero no estamos hablando de esas sino de las de cuero. En fin, una que otra vez pateaba una pelota y nada más, ni entusiasmo sentía. Pero claro, cuando te ponen por obligación en una cancha, algo tienes que hacer, ¿no?

Fue en el colegio, en 6to. de primaria. Para el tercer bimestre del año las clases de Educación Física consistían en disputar sendos partidos de fulbito en la enorme cancha del colegio. Luego de practicar el Test de Cooper (trotar durante 12 minutos) se formaban los equipos y se jugaban dos tiempos de 20 minutos cada uno aproximadamente. Los capitanes elegidos por el profesor uno a uno señalaban a los compañeros que formarían parte de sus dinámicos equipos. A mí por lo general me elegían cuando las opciones ya eran mínimas, casi a punto de convertirme en el último convocado. 
Mi apellido lo escuchaba ya por consuelo; una cosa así como "mmmm bueno pues... Benavides" y de inmediato pero con cierto temor pasaba a la fila de los convocados.

Ya en la cancha mientras veía la euforia colectiva de todos y yo sin comprender qué pasaba atinaba a no moverme de la zona donde me habían instalado. Ni sé a qué posición correspondía pero recuerdo que estaba casi cerca al banderín del corner con mis zapatillitas y mediecitas bien blanquitas, mi short azulino bien ajustado y el maldito suspensor irritándome las ingles. Pero ahí estaba yo. Mis compañeros de equipo armaban la estrategia y decían "no se la pasen a Benavides, ah" y yo agradecía el gesto y volvía con mi amigo el banderín.
Pero una vez, en el último partido, el decisivo, el crucial, el más intenso de toda la temporada, tenía que pasar lo que pasó. Antes de entrar a la cancha me persigné pidiendo a San Pelé que me doble el tobillo ni bien ingrese al campo para tener excusa de salir de inmediato pero San Pelé se equivocó y le torció la pata a otro, para colmo a uno de los más eruditos en la materia del dribling y el pase largo quien por lo general jugaba de centro delantero. Batalló por un momento pero el dolor pudo más y abandonó el juego a la mitad del primer tiempo. El capitán del equipo nos reunió para acomodar el ataque y la estrategia cuando de pronto todos me miraron. Yo sabía que algo nuevo se venía; quizá confiarían en mí para ponerme de defensa o entre todos me patearían para romperme el peroné y así justificar que con dos bajas no podíamos continuar el juego debiendo postergarse para la siguiente semana. Felizmente no fue la segunda opción. Optaron, entonces, por separarme del banderín y ponerme de defensa con la orden "Tú solo patea" y se reanudó el juego. Faltando 3 minutos para que acabe el primer tiempo nos metieron un gol (nótese que digo "nos metieron un gol", señal de que ya estaba bastante integrado en el asunto). Nos fuimos al cambio de cancha. Yo sonriendo y el resto del equipo con una afán de usar armas de fuego, alucinante. Nos acomodamos nuevamente en la cancha. Sonó el silbato que daba por inicio los últimos 20 minutos de contienda y la consigna era una: Ganar el partido. Veía a mis compañeros correr como Oliver Atom y a nuestro arquero como Benji Price.
 
En una salida rápida igualamos el marcador 1 - 1. Vi al dueño del gol correr como ratero por la cancha hasta llegar a los demás muchachos quienes se unieron en un abrazo y en ese momento me di cuenta que yo estaba más solo que Tarzán en el día de la madre así es que sigiloso pero a prisa me acerqué al grupo y me lancé encima de todos a celebrar el gol. Finalmente éramos equipo.
Pero el empate no era victoria así es que estábamos de nuevo como habíamos empezado pero con más adrenalina encima. Sí, me pasó a mi también. Sentía mucha emoción y me puse a pensar en eso. Me imaginé entrando en el mejor equipo y luego siendo convocado para la selección. Vistiendo la blanquirroja. Saliendo de camerinos hacia el campo, escuchando mi nombre en coro a estadio lleno. Posando para la fotito de álbum de Navarrete. Dando autógrafos. Moviendo el balón como los dioses. Ganando el Balón de Oro, la Pelota de Oro, el Calzoncillo de Oro. Toda una estrella del fútbol... y en ese preciso momento mis pensamientos se estrellaron de cara contra mi realidad regresando de improviso a mi posición en la cancha del colegio jugando el último partido de la temporada. La pelota había llegado a mis pies por una mala jugada del adversario. Simplemente no sabía qué hacer, oía las pisadas contra el campo de los oponentes que se acercaban violentos a quitarme la pelota con pie y todo si era necesario. Empezaba a sudar, a dar pequeños brincos en mi sitio. Sentí mareos. Pasaba la saliva con dificultad. De mi equipo no había nadie cerca. Mi arquero, lleno de ternura, me dijo "¡¡¡patea conchetumadre!!!". Miré hacia atrás con la mejor cara de imbécil que pude para poder verlo como pretendiendo que me repita la orden y así lo hizo con más entonación acompañado de un escupitajo rabioso. Volví la mirada y 6 trogloditas se me acercaban iracundos y como si la vida se viviera en cámara lenta flexioné la rodilla llevando mi pie hasta mi nuca prácticamente, cerré mis ojos con fuerza generando energía desde mi testículo derecho hasta la punta de los pies y logré patear la pelota con la punta de la zapatilla de tal manera que sentí mi pie hundirse en el cuero del esférico. Éste salió disparado cual bala de cañón para el asombro de todos, propios y ajenos. La pelota surcó todo el campo y luego comenzó su descenso muy cerca al arco rival y antes de que impactara contra el piso una patada certera de un compañero llevó la pelotita directamente al fondo del arco. Nada pudo hacer el arquero. Fue un gol extraordinario. El grito se hizo escuchar mientras uno a uno caían encima de mí mis jugadores, para festejar el triunfo entre todos y felicitar mi "extraordinario pase de gol". 2 minutos después el partido terminó, ganamos 2 - 1 y fue una tarde inolvidable... que hoy recordé, 22 años después, mientras que, jugando fútbol en la sala de mi casa con mis dos hijos y contándoles mi anécdota, recapitulé en mi pasé de gol... y rompí la lámpara del comedor.
 
Esa vez en el colegio jugué mi primer y único partido. Es cierto, no me gusta jugar al fútbol pero me gusta verlo. Disfrutarlo en familia y con amigos. Sufrir y emocionarme. Festejar o lamentarme. Es parte de esa pasión que despierta este deporte. Lo triste es ver cómo se pierden partidos no por superioridad futbolistica sino por inferioridad profesional... pero ese es otro tema... yo prefiero imaginar que juego en un mundial haciendo un pase de gol... y claro, evitar seguir rompiendo los focos de mi casa.
 
Moraleja.- Todo hay que hacerlo con Pasión para contribuir a marcar los mejores goles de nuestra vida.

sábado, 6 de octubre de 2012

DONES Y CONDONES

A los 21 años me mudé solo, dejé el nido y convencido de iniciar mi independencia aterricé en un modesto y enano cuarto de un departamento miraflorino cerca a todo. Los primeros días fueron de adaptación a mi nueva realidad. Desde despertarme por mis propios medios hasta acostarme a la hora que me diera la gana, pasando por las responsabilidades de comer y vestir. Para entonces tenía un buen trabajo con un sueldo muy atractivo considerando mi soltería e independencia. Luego de mis gastos necesarios quedaba un buen colchón como para divertirme sanamente y con comodidad. Pero claro, había dejado en casa de mis padres otras mejores comodidades como el almuerzo preparado y servido en un plato con mi nombre (y no era que me tratasen como a perro sino que cada uno tenía su plato con nombre, el que usábamos para tapar la comida, para saber cuál calentábamos en el microondas), como tener las camisas planchadas a tiempo, como tener agua caliente todas las mañanas, como tener una alacena con víveres y productos de primera necesidad siempre al alcance, etc.
Cuando decides vivir solo todo este tipo de condiciones se mudan contigo para que las asumas personalmente y desde entonces te encargues de todo. Y es aquí donde incluyo en la lista las facilidades que tienes viviendo en casa familiar respecto a tu ropa y su disponibilidad.
 
Viviendo solo llegó un día en que, por ejemplo, no tenía calzoncillos limpios. Tenía entonces dos opciones, o me compraba en tira de a tres en Plaza Vea o me ponía los sucios al revés.
Otra veces para obligarme a comprar nuevos cogía los viejos, les buscaba el hueco que con el tiempo se les suele hacer por uso y desgaste, y los rasgaba de lado a lado para simplemente no tener calzoncillos e ir a comprarlos. Pero los nuevos también se ensuciaban y vuelta a empezar el círculo vicioso. Digamos que lo mismo pasaba con las medias. Pero ya con otras prendas era distinto... y la necesidad de vestir correctamente y no oler a percudido me llevó a convertirme en un obsesivo compulsivo de la ropa pulcra, libre de arrugas e impecable. 
 
De esta manera, hace mucho tiempo, me compré mi primer terno para el trabajo. Fue en el año 2002 aproximadamente. Al cabo de un tiempo cuando ya el saco y pantalón andaban solos decidí llevarlos a una famosa y prestigiosa lavandería. Dejé mi terno completo, me hicieron la boleta. Lo revisaron, me indicaron las manchas con las que las prendas estaban ingresando, etiquetaron mi atuendo y me pidieron regresar a los tres días. Todo dentro de un procedimiento muy interesante de atención y servicio al cliente... ya lo dije, se trataba de una prestigiosa Lavandería.
 
A los tres días regresé a recoger mi terno. Con mucha amabilidad una señorita solicitó mi boleta, ingresó a la tienda. Sacó mi casi smoking y lo colgó en un gancho para que lo auscultara literalmente de pies a cabeza o de basta a cuello. Lo hice muy rápido pensando que tanta ceremonia era sinónimo de perfección en el resultado. Agradecí, me agradecieron, incluso me obsequiaron un ticket donde se me permitía un lavado gratis de terno completo luego de mi cuarta visita. Parecía yo cliente exclusivo de El Corte Inglés con mi terno recién lavado que olía a más limpio que cuando lo compré.
 
Al llegar a mi casa decidí probármelo. Me quedaba pintado, excelente. Acomodé mis manos en los bolsillos del pantalón y frente al espejo me sentía John Holden. Luego acomodé las manos en lo bolsillos del saco y... ... ... y sentí una textura plástica. Tuve la sensación de que había cogido una envoltura de chocolate. Mi mente confirmó que se trataba de un artículo que evitara la humedad o algo por el estilo así es que decidí sacarlo. Y ahí parado, frente al espejo cual modelo de ternos y camisas Él me di con la sorpresa que de mi bolsillo del saco salió una tira de 3 condones. Sí, 3 preservativos bien selladitos. La envoltura era blanca sin marca alguna, tan solo un sello con la fecha de vencimiento de cada globito adornaba cada paquete (felizmente no habían vencido).
 
Entonces el prestigio de dicha Lavandería se cayó por los suelos porque lejos de que mi terno estaba "muy limpio" le había servido a algunos de los empleados de ahí para salir con su calentao el fin de semana para luego llevársela al Melody y campeonar. Lo más probable, claro, es que haya usado mi terno luego del lavado porque las envolturas de los profilácticos estaban intactas. 
Ni modo, me habían dado la oportunidad de revisar mi saco pero no lo hice, de nada servía regresar a hacer escándalo. Así es que dejé pasar el tema y olvidarlo.
Se supone que debería concluir diciendo que jamás regresé a dicha Lavandería por este motivo, pero no. Deje de ir, sí, pero otro motivo:
 
Pasó un tiempo y llevé un nuevo terno a esta lavandería. Ya había ganado un lugar en el mercado y abierto más tiendas por todos los distritos. La experiencia de los condones fue en Miraflores, pero la segunda fue en San Borja.
 
Llegué. Habían dos personas delante de mí por atenderse. Yo era el último de la fila. La cajera recibía la ropa de los clientes, la revisaba, hacía la boleta y culminaba su atención con una sonrisa más fingida que la de Nadine delante de periodistas. Pero noté que a las clientes, al despedirse la cajera les decía: "Quizá la próxima vez... vuelva pronto" Me llamó la atención y seguí esperando mi turno. Nuevamente escuché el mismo protocolo "Quizá la próxima vez... vuelva pronto". Casi estaba por llegar mi turno cuando escuché un sonido parecido al que hace una escobilla sobre el piso al restregarlo... ssshhh ssshhh ssshhh... Miré hacia atrás de donde provenía el sonido y se trataba del arrastrar de los pies de un anciano que lentamente se acercaba a la cola. El viejito, calculo, tendría unos 139 años más o menos. Arrugado como un papel crepé hecho bolita, delgado como un sorbete, encorvado como un signo de interrogación y lento como un caracolito con muletas. Ssshhh ssshhh ssshhh hacía su andar y lentamente se acercaba a mí. Se notaba que no tenía dentadura porque tenía los labios hundidos, probablemente los dientes estaban dentro de un vaso en su casa. Llevaba un pantalón a cuadros, un sobretodo marrón muy antiguo, una chalina de lana pura al cuello y era febrero. La señora que me antecedía se retiró, me tocaba a mí y decidí darle pase al ancianito. - Pase - le dije. Trató de decirme algo, abrió la boca, no emitió sonido alguno, trato de sonreír, un olor a sarcófago se apoderó del ambiente y con el lento ssshhh ssshhh ssshhh tomó mi lugar y se acercó al mostrador. Llevaba una bolsa más pequeña que la del Doctor Chapatín y de ahí sacó un par de trapos con intenso olor a naftalina que entregó a la señorita para su revisión y atención.
Como la atención demoraba me puse a pensar en el "Quizá la próxima vez... vuelva pronto", ¿por qué les dirían eso a todos los clientes?... Bueno, me enteraré cuando me toque.
Habían pasado 10 minutos y no terminaban de atender al viejo. Yo ya estaba un poco incómodo por la demora más aún habiendo cedido mi turno al vejete porque sabía que mi caso no hubiera demorado tanto. De todas maneras me cercioré si es que el señor no había estirado la pata en ese preciso momento ahí parado, pero no, seguía hablando y moviendo sus 4 trapitos.  
Me puse a pensar entonces en el departamento donde vivía. En mi cuarto y en la necesidad que tenía de comprarme un televisor porque mis domingos eran demasiado aburridos. Me imaginaba tirado en mi cama viendo tele todo el día pero lo que en ese entonces tenía era mi pared y punto. Debía comprar mi televisor pronto, de todas maneras, no podía ser que viviera solo y no tuviera televis... ... ... ... ¡PUM! sonó de pronto en toda la lavandería y el estallido hizo que se desvaneciera mi pensamiento. Del cielo caía pica pica, serpentinas y globos. Producto del sonoro ¡PUM! el viejo se agarraba el pecho y respiraba profundo. - No se asusté - Le dijo la chica detrás del mostrador. - Usted es nuestro cliente número 100 de la semana y estamos en una excelente promoción por aniversario que consiste en premiar a nuestros cada 100 clientes ¡¡¡Felicidades!!! - Todos aplaudían a Matusalén, salieron a abrazarlo y besarlo por el logro de ser el cliente 100 de esa semana. Cof cof cof tosía el viejo sin atinar a decir nada. En eso la empleada de la Lavandería sacó un Televisor Panasonic de 14 pulgadas y le dijo al anciano que ese era su regalo. Al viejo se le enderezó la joroba de alegría y el jorobado terminé siendo yo porque ese televisor era para mí porque yo era el cliente número 100 de esa semana pero que por buena gente había pasado a ser el 101... y me jodí. Ese era pues el motivo del trillado "Quizá la próxima vez... vuelva pronto".
Hasta dientes le aparecieron al cochito porque su sonrisa era de oreja a oreja. Se dio la vuelta y con el ssshhh ssshhh ssshhh en turbo salió de la tienda y ni me miró ni las gracias me dio porque gracias a mí, modestamente, él fue el 100 y se le hizo el día y yo fui el 101 porque le doné mi espacio, le doné mi triunfo, le doné mi momento y mi victoria, pero en un segundo mis posibilidades de ganar se redujeron a 0.
 
Ojalá, pensé, que cuando el viejito recoja su ropa limpia dentro de un par de días y llegue a su casa también encuentre en algún bolsillo 3 resistentes condones y no tenga otra alternativa que prepararse 3 marcianos de extracto de Uña de Gato para el reumatismo mientras ve Santa Natura en su televisor Panasonic de 14''
A él le donaron un televisor y mis dones fueron condones.
 
Moraleja: Cuando el andar de un anciano se siente, cede el paso CONDÓN de gente.

sábado, 22 de septiembre de 2012

SI NO LE GUSTA, IGUAL ME LO PAGA

"El ser humano debe disfrutar lo que hace" es mi premisa. Más aún si aquello lo recompensa moral, profesional y económicamente. Disfrutar el día a día permite llevar una vida alegre pese a sus momento aciagos. Hacer las cosas y disfrutarlo es prácticamente un reto pero, sin duda, es una necesidad más aún cuando cada esfuerzo contribuye a salir adelante, en lo personal y con la familia.
 
Debo reconocer que fui inculcado con mucha sabiduría para afrontar la vida. Ni bien terminé el colegio lo primero que mi padre me dijo fue que buscara un trabajo porque se daba inicio a la preparación de mi propia responsabilidad para valerme por mi mismo y contribuir con las necesidades básicas. Inicié el verano de 1997 con 17 años de edad y ese marzo cumplía 18. El objetivo era conseguir un trabajo remunerativo antes de cumplir la mayoría de edad. En los periódicos salían muchas noticias pero nulos eran los anuncios de puestos de trabajo. Ya no había propina que financie mis fines de semana. La presión continuaba y debía tomar una decisión.
Debo reconocer que tenía muchos temores, como no encontrar trabajo o si lo encontraba no ser capaz de conservarlo. Sin embargo me entusiasmaba la idea de hacerlo y saber que tendría mi propia "independencia" económica.
 
Pensando en eso tomé una de las decisiones más alucinantes de mi vida. Aprovechando el calor del verano, la "libertad" de no haber conseguido trabajo, la necesidad de conseguirlo... y muchos otros factores, decidí finalmente hacer algo... ir a la playa todos los días. Vivía en Magdalena y con los amigos del barrio caminábamos hasta la playa "Cascadas" detrás del restaurante Costa Verde a pasar el día. En una de esas visitas vi a tres vendedores de sanguches de pollo, cada uno con su particularidad, realizar sus ventas toda la mañana yendo de un lado a otro, de espigón a espigón, ida y vuelta mil veces, vendiendo esos necesarios sanguchones que en algún momento, tentados por el hambre, hemos comido. Había un gordo, un viejo y un surferito pituquito. Cada uno fiel a su estilo anunciaba su sanguche y cada sol bien ganado iría quizá a que el gordo invierta en bajar de peso, el viejo en separar un nicho y el surferito en comprar su nueva tabla o su paco... cada loco con su tema.
 
Decidí entonces convertirme en un vendedor de sanguches en las playas de la Costa Verde. Conté en casa la idea, aprobaron la moción. Invirtieron en mis útiles: Chisguete verde para el ají, rojo para el ketchup, blanco para la mayonesa y amarillo para la mostaza. Bolsitas para los panes, una pinza para coger los panes. Servilletas de papel con un mensaje de gratitud y harto pollo.
 
En casa, ya con mis implementos y demasiado entusiasmo, pedí a mi madre deshilachara el pollo pero fiel a su estilo en las artes culinarias no tuvo mejor idea que zampar al animal en el extractor de manera que quedó pica pica de pollo, ni modo... nada me haría claudicar.
 
Haciendo gala de mi pulcritud y para demostrar la higiene de mi servicio consideré que mientras mejor presentado esté, llamaría la atención y contribuiría mejor a mi propio éxito. Lustré bien unos mocasines marrones que tenía y los usé sin medias, me puse un polo piqué verde y unas bermudas de jean azul. Mi correíta Tabú, un canguro y ya tenía listo el uniforme. Improvisé un cinturón para poder cargar un cooler con 30 panes listos y me enrrumbé a la playa. Decidí empezar en Redondo y caminar hacías Cascadas.
 
Inicié mi recorrido y me percaté que no tenía la menor idea de lo que debía hacer. Cuando pasaba delante de los veraneantes simplemente no les decía nada por vergüenza y esperaba que alguien tuviera hambre y me pasara la voz. Pero ni las gaviotas se me acercaban. Opté por romper el hielo y acercarme a una pareja que tomaba sol como si fuera lo último que estuvieran haciendo en sus vidas. Les dije - Eh, hola, esteeeeee, ¿no se les antoja un sanguche de pollo casero hecho en casa? - Mi voz salió bastante afeminada y mis primeros clientes ni se percataron de mi presencia. Dije Gracias con la misma voz de Candy que al principio y continué. Más allá había un patita sentado viendo al mar muy nostálgico usando unos lentes de sol. Concentrado en que mi voz debía ser más segura me acerqué y le dije - Hola, ¿un sanguche... eh... de pollo... quiere verlos para que vea que ricos están? - Cuando vi que a sus pies había colocada encima de una piedra una latita para limosna y el nostálgico en realidad era un pobre cieguito reconocí que jamás vería mi sanguche de pollo. Segundo intento: Fallido.
Dos chicas conversaban y fumaban un cigarro. Decidido a por lo menos vender dos sanguches y comerme los otros 28 y largarme a mi casa, me acerqué a ellas. - Hola, tengo sanguches de pollo, ¿quieren? - Ellas dieron un sorbo a la cerveza que tenían en mano y como si yo fuera una gaviota más cagando desde lo alto de un poste, me ignoraron. Acá no pasa nada, pensé. Y caminando me fui de Redondo porque todo me pasó menos hacer negocio redondo con mis 30 sanguches de pollo.
 
Fui a la playa Cascadas, había mucha más gente disfrutando del verano. Debido al calor sólo tenía ganas de sacarme la ropa, despegarme el calzoncillo que lo sentía estampado en mis zonas erróneas y meterme al mar. De pronto, casi a punto del calateo, escuché un silbido en señal de llamado. Volteé la cabeza y tres chicas y un chico me pasaban la voz. Fui con el afán de aventarles el cooler por la cabeza si se burlaban de mí pero una de ellas me preguntó que vendía. Le dije "Sanguches de pollo, si no le gusta, igual me lo paga" Se rieron los cuatro y es que la frase de los colegas suele ser: Si no le gusta no me lo paga; pero aparentemente el cambio trajo consigo la primera venta del día y por partida cuádruple. La divina providencia permitió que esta venta fuera perfecta. Sin haberlo ensayado pude arrodillarme, abrir el cooler, ofrecer las cremas a cada uno, servir los panes, entregarlos, cobrarlos, dar vuelto y despedirme. Desde ese momento el pecho se me hinchó como si tuviera 80 litros de silicona en cada tetilla y engolando la voz nada acorde a mi grácil cuerpo entoné: "Saaaaaaaaanguche de pollooooooooo... ahí tiene los ricos saaaaaaaaanguches de polloooo... saaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaanguche de pollooo... si no le gusta "igual" me lo paga porque ando misioooooo... saaaaaaaangucheeeeeeee" y la venta fue un éxito total... los 26 sanguches restantes me quedaron chicos. El gordo, el viejo y el surferito pituquito me veían como al forastero pero yo continuaba encandilando a mis clientes para hacerlos cautivos. Terminé mi venta de ese día, me acerqué donde mis primeros compradores y les pedí cuidaran mis cosas. Debajo de la bermuda en realidad llevaba puesta mi ropa de baño, me preparé y me di el chapuzón en el mar más extraordinario que jamás me haya dado. Había ganado S/. 45.00 a razón de S/. 1.50 cada sanguche. Regresé por mis cosas y me fui a casa demasiado contento.
 
A los dos días decidí regresar a la misma playa. Opté por hacerlo un día sí y un día no. Pese a que no hubo inconveniente la primera vez, evité despedazar el pollo y esta vez si lo serví deshilachado. Mi indumentaria era la misma como cábala de mi fortuna y todo empezó a ir tal como la primera vez. Rápidamente comencé a vender mis sanguches. Con mucho estilo servía las salsas llevando los chisguetes por el contorno y centro del pan bañando al pollito en ají, mostaza, ketchup y mayonesa a pedido de la clientela. Cuando un cliente me pedía más salsa, simplemente hacía el movimiento con la mano pero no apretaba el chisguetito (cojudo no soy tampoco) pero no dejaba de ser generoso. Me encontré con unos amigos del colegio quienes se sorprendieron de mi iniciativa y me compraron también.
De pronto, de muy lejos me llamaron tres chicos. "Ven Ven" me decían. Apresuré el paso porque ahí aprendí que el cliente es la razón de ser de un negocio. En la medida que me iba acercando me di cuenta que la pose de los 3 chicos cada uno sobre su toalla más bien parecía la pose de una sesión de fotos de miss Perú. Con shorcitos al cuete y top para tapar los rollos, las tres peludas y muy sonrientes y coquetas "señoritas" me preguntaron qué tenía. Les dije: "Sanguches de pollo, ¿quieren? - Ay, no. - dijo una(o) de ellas(os). - Te queremos a ti -. Sonreí nervioso y me fui. Bueno, gajes del oficio.
 
Faltaban sólo 6 sanguches para concluir mi trabajo cuando se me acerca un policía de la Municipalidad de Barranco a pedirme mi licencia para trabajar en la playa en el rubro de comercio ambulatorio. Le dije que no la tenía, que en todo caso esperara a que termine de vender mi producción y que luego iría a tramitarla porque no sabía que se requería permiso o licencia formal. Y puedo jurar que fue verdad, la inexperiencia no me hizo cuidar esos detalles. El uniformado policía municipal me dijo que en verano no se tramitan los permisos, sólo en invierno. ¿¿¿??? Esto me desconcertó pero cándido yo, acepté la indirecta y me retiré de la playa. Pero antes de irme por completo decidí mirar por última vez lo que fue mi mercado y mi primer trabajo. Al voltear y ver a todos los veraneantes y recordar a todos los que hice sonreír con alguna ocurrencia al momento de servirles su sanguche de pollo que todos me pagaron y disfrutaron, me percaté que el policía municipal se acercaba al Gordo, al Viejo y al Surferito Pituquito y con ademán y desdén les dio a entender que había logrado echarme de la playa sin mayor esfuerzo. Me sentí mal pero creo que fui una dura competencia... al punto que tuvieron que sacarme del camino. Quizá por mi pulcritud. Por mi indumentaria. Por el sabor de mis sanguches y sus complementos. Por mi elocuencia al momento de anunciar mis productos... o simplemente quizá porque se dieron cuenta que todos los que me compraron un sanguchito, si no les gustó... igual me lo pagaron.
 
Ese fin de semana salió un anuncio de trabajo en el periódico. Me presenté y me tomaron... irónicamente fue en Mc. Donald's, y continué vendiendo sanguches un tiempo más.
 
Moraleja.- Todo trabajo dignifica al hombre... y mis sanguches de pollo dignifican el hambre.

miércoles, 29 de agosto de 2012

SIN CAPA NI ESCUDO

Desde niños nuestra imaginación nos ha permitido creernos héroes de nuestras propias fantasías y, ayudados por la ficción, hemos deseado ser un superhéroe teniendo la capacidad de volar, de ver a través de los muros, de poseer una fuerza sobrehumana, de trepar por las paredes con tan solo poner nuestras manos sobre ellas y luego saltar entre los edificios. De hacernos invisibles o de convertirnos en una antorcha humana y surcar los cielos a gran velocidad. Infinidad de facultades que lográbamos con atarnos una toalla al cuello y usarla como capa o convertir un lápiz en la espada del augurio. Yo personalmente quisiera tener los poderes del Hombre Araña, su personalidad enmascarada y casi siempre incógnita sumado a sus habilidades me han llevado a entretenerme siempre agregando, además, que siempre veo las películas que de este personaje se hacen... y es que son alucinantes.  
Sin embargo sucede también que cada héroe tiene su debilidad; así le sucede a Superman con la kriptonita, a Sansón sin su cabello, a Thor sin su martillo y al Chapulín Colorado si lo cogen de sus antenitas de vinil, etc.

Pero en mi vida existe un héroe real, de carne y hueso. Un héroe sorprendente con muchas fortalezas y casi ningún punto débil; sin embargo poco importante comparado con su valentía.
 
Supe una historia de este personaje precisamente a partir de una hazaña en la que tuvo que luchar contra malhechores en aras de la tranquilidad de un ciudadano de a pie. Debo admitir que comparando la ficción del Hombre Araña con la real existencia de mi héroe en vida, pues el insectito en mención no es más que eso. Y la mejor historia que puedo contar de mi héroe real... porque así realmente pasó... fue la siguiente:

Caminaba una señora por una calle una mañana, el hecho de que sea temprano no garantizaba que el peligro no acechara. Era una viejecita que llevaba bien sujeta al brazo su cartera y su cansado andar la hacía presa de amigos de lo ajeno. Sin embargo, la zona por la que ella pasaba no era nunca escenario de personas de mal vivir, quizá por ello la viejecita continuaba su andar sin preocupaciones. Al llegar a la esquina se dispuso a cruzar advirtiendo que no pasara ningún auto por la pista. Y esmerando el cuidado en su cartera prosiguió su camino.
De pronto a lado se apareció una sombra que de inmediato se convirtió en una persona: arrogante y a la carrera se aferró a la cartera de la viejecita e intentó arrebatarla. Poca fuerza pudo generar la señora y sumado el pánico pasó a la resignación y comenzó a despojarse de su accesorio.

Detrás de ella y siguiendo el caminar de la señora iba andando contenta y feliz la persona del héroe real que inspira esta historia. Caminaba agradeciendo a Dios por cada flor y por el enorme cielo azul que hacían su paseo tan feliz. Cuando se percató del asalto a la anciana dejó aflorar su sentir heroico y sin armamento ni escudo se dispuso a ayudarla. Gritó a voz en cuello que dejara en paz a la señora, que no le haga daño. El tipejo sacó un cuchillo de unos de los bolsillos del pantalón y amenazó a las dos personas que tenía al frente: a la vieja y al héroe sin máscara ni capa. Usando su cuerpo como escudo humano la valentía de mi héroe impidió que la sangre fría del malhechor lastimara a la viejecita. Continúo gritando que se alejara de inmediato porque no iba a permitir que perpetrara un daño mayor a consecuencia de la filuda arma que el ratero poseía. Como todo ladrón de poca monta el sujeto lanzó una serie de improperios que alcazaban hasta los más lejanos ancestros de la señora, tanto así que hasta el propio Matusalén se hubiera removido en su tumba.
Sin embargo el coraje del superhéroe en acción fue el arma suficiente y necesaria para que aflore toda la cobardía del infeliz ladrón y este huyera sin beneficio alguno de su mala acción.

La vieja se derritió en halagos hacia tan majestuosa estampa del héroe y de sus manos recibió su cartera intacta con todo su contenido. Hasta un preservativo tenía la viejita coqueta en la cartera pero esa es otra historia. La viejita siguió su camino y se perdió en su andar y el héroe de esta historia sintió lo que todo ser humano siente luego de reaccionar así ante este tipo de malas eventualidades: Miedo, mucho miedo producto de lo que acababa de hacer.
 
Finalmente y como he dicho, se trata de un héroe real, es decir, de un ser humano como tú que estás leyendo y como yo que estoy escribiendo. Pero si es mi héroe es porque se trata de mi madre y porque fue capaz de actuar ante una situación extrema con dos desenlaces, el que ya conocen o el que hubiera significado probablemente una desgracia.
 
El hecho es que mi héroe, osea mi madre, luego de valeroso actuar fue asumiendo las consecuencias de lo que hizo. Sintió temor, miedo... mucho miedo. Nerviosismo extremo al saberse de pronto vulnerable porque precisamente el fin pudo haber sido nefasto y muy triste. Las piernas se le arqueaban y miraba para todos lados porque sentía la presencia del peligro cerca. Felizmente era tan solo la sensación natural que este tipo de actos suele dejar en uno.
Tomó entonces la decisión de mitigar su ansiedad y se dirigió a una farmacia. Ya con las palpitaciones aceleradas en mayor grado se acercó a la farmacéutica y le pidió un frasco de Agua de Azahar (destilado que supone la calma de un cuadro de alteración del sistema nervioso). Pagó, le despacharon la botellita y como el nerviosismo continuaba y le urgía calmarlo, a mitad de la calle sacó la botella de la bolsa, arrancó la tapa del pico y de inmediato se zampó de un solo tanganaso medio frasco del calmante este (que recuerdo me tomaba yo, cuando era chico, del frasco que cogía prestado pero sin pedirlo, del cuarto de mi abuela).
 
A los 5 segundos de bebido el trago sintió que su estómago y garganta comenzaban a ebullicionar. Su cavidad bucal se agrandaba y se llenaba de espuma. Sin poder controlarlo la espuma salía de su boca a borbotones como quien agitara una botella de gaseosa blanca y la abriera de pronto. SuperMother comenzó a escupir y mientras más escupía más espuma salía de sus entrañas. Sentía la lengua salada hasta que llegaron las arcadas y continuó expulsando espuma como si se tratara de un chopp de cerveza. Un poco más calmada pero aún con la sensación en la boca vio el frasco y se dio cuenta que no era Agua de Azahar sino Agua Oxigenada. Mi tierna madre y siempre heroína de mi vida, en su desesperación y nerviosismo, había pedido en la farmacia un frasco de Agua Oxigenada y con la misma distracción se lo empujó en un seco y volteado memorable y por eso la reacción vomitiva y espumosa al sorberla como si fuera frugos. Una cosa así como que Superman vaya a Inkafarma, pida barras de azufre para las contracturas en la espalda y le den kriptonita y empiece a frotárselas hasta causarse la muerte. Es decir, mi héroe tiene también un punto débil: El Agua Oxigenada (más aún si se la toma).
 
Concluyendo este cómic, mi madre, como hace siempre y como siempre haría un héroe real, sonrío ante la situación. Botó a la basura el frasco de Agua Oxigenada, terminó de eliminar el mal sabor de boca, agradeció a Dios estar bien pese a todo y alzó vuelo en busca de nuevas aventuras.
 
Nuestras mentes continuarán siempre jugando de manera que queramos poseer poderes sobrenaturales y habilidades imposibles pero es cierto también que mi madre es mi mejor ejemplo de un héroe real, de carne y hueso... y un alma perfecta.
 
(dedicado a ti, SuperMadre)
 
Moraleja.- Mamá lo sabe, el Agua Oxigenada alivia.

domingo, 12 de agosto de 2012

PELITO DE POTO

Muchas veces los aromas nos permiten evocar momentos vividos que de pronto regresan a nuestra mente para ubicarnos en algún lugar. Y ese mismo aroma nos alegra básicamente porque permite recordar momentos que quizá incluso hemos olvidado pero se quedaron grabados en nuestro subconsciente: Una compañía, una experiencia, una aventura, un lugar, el lugar donde vivimos, donde crecimos, donde jugamos, qué hicimos, etcétera.

Hace algunos días, dentro de mis caminatas itinerantes por las calles de Lima, el aroma de la leña ardiente de una pollería me hizo recordar muy gratamente a los días que pasé en la Selva allá por el año 1996. Sentir el olor al humo de la madera incandescente de pronto y sin motivarlo me transportó en retrospectiva a la basta y hermosa vegetación de nuestra selva peruana. Tuve la oportunidad de viajar al departamento de San Martín, específicamente a la provincia de Rioja, acompañado de grandes amigos para desarrollar actividades muy lindas producto de un programa de catequésis al que pertenecí entonces.

La tarea era ir en grupo, acompañados de un sacerdote, a las comunidades más alejadas del distrito de Nuevo Cajamarca en Rioja, para transmitir nuestra fe a los habitantes de éstas comunidades ubicadas totalmente alejadas de la ciudad.

(Detalles exactos de esta experiencia los daré más adelante, ahora quiero ceñirme a una de esos sucesos que suelen pasarme...).

Las actividades que refiero líneas arriba demandaban un esfuerzo físico interesante. Entre comunidad y comunidad debíamos hacer largas caminatas por trochas, caminos accidentados e irregulares, rocosos. Muchas veces debíamos andar bajo la torrencial lluvia de la selva. Nos topábamos con toda serie de insectos enormes a comparación de los que comúnmente conocemos en la ciudad: Gusanos, moscas, cucarachas, polillas, avispas, arañas... pero todos los mencionados eran de gran tamaño. En resumidas cuentas, una experiencia que gustoso viviría las veces que fueran necesarias. Con mi esposa y mis hijos iría nuevamente y les enseñaría por dónde estuve porque lo recuerdo claramente.

Y precisamente el olor a la leña quemándose me recordaba las casas de los comuneros porque todos suelen cocinar a la leña y ese olor mezclado con la naturaleza absoluta y pura de la selva confluyen con una paz y tranquilidad propia de lo saludable que es respirar un aire tan puro como ese.

Todo muy bonito, sí, así lo recuerdo. Toda una experiencia de dos semanas que, insisto, quiero repetir pronto.

Sin embargo, a medida que la leña de esta pollería me recordaba mis días en la selva fue en la selva en donde me sucedió algo que no necesariamente recuerdo gracias al olor del humo de la leña.

Una tarde de las que pasé en este viaje selvático, regresábamos en el auto del sacerdote al lugar donde nos hospedábamos. La lluvia había inundado las trochas por donde íbamos y se habían formado enormes charcos de lodo y barro (y no sólo eso). A diferencia de quienes tienen el privilegio de ir en auto por esa zona, los comuneros se desplazan en burro y así guían el ganado.
La destreza de quien manejaba debía darle preferencia a los burros de carga y al conjunto de vacas y bueyes a los que escoltaba. Muy amablemente la persona dueña del burro y el ganado nos saludaba y con el mismo cariño correspondíamos el saludo. Y es que una de las cualidades de los vecinos de las comunidades de esta ciudad es su enorme capacidad de ser atento, respetuoso y hospitalario.

Y así seguíamos surcando camino cuando de pronto la llanta trasera del auto se atascó en un hoyo profundo copado de barro y lodo. No teníamos otra alternativa que bajarnos a empujar y así lo hicimos y como siempre suele suceder, mi descuido me llevó a ubicarme precisamente detrás de la llanta hundida... no, no a lado, sino detrás. Yo vestía un polo de manga corta, un pantalón de buzo impermeable y botas de jebe para desafiar los huecos transformados en trampas con las lluvias.

La lluvia continuaba y asido al auto inicié mi labor del día empujando para sacarnos del fango y continuar con nuestra ruta. El conductor piso el acelerador, el motor rugió con rabia, la llanta giró endemoniadamente pero no salió de la trampa de barro pero sí me salpicó de tal manera el lodo acumulado que me embarró desde la punta de las botas hasta los incisivos y los caninos. Hecho un barro humano de la cabeza a los pies, el chofer animó a pedir una nueva oportunidad y acto reflejo apoyé mis manos en el carro, en la misma posición, empujé con mucha fuerza, el auto salió y por pura ley de inercia me fui de bruces sobre el lodo cual clavadista olímpico. Me levanté y estaba hecho una mugre, escupí el barro que tenía entre los dientes, descubrí mis ojos y empecé a sentir un olor extraño muy cerca a mi nariz. Un olor fuerte, cargado, potente. Ya con el auto rescatado un amigo se acercó y me dijo muy tranquilo - Oe, hueles a caca -. Y así era, el barro no era solamente mezcla de lluvia y tierra, contenía también cantidades industriales de excretas de burros, bueyes y vacas que pasaban por el lugar constantemente.

Y ahí estaba yo, convertido en lo que simbólicamente refiere el título: Era un pelito de poto todo cagadito de punta a punta. El olor se hacía cada vez más penetrante y abusivo. Hasta detrás de las orejas tenia barro (y demás componentes). Y sólo faltaban 2 horas para llegar a casa. Subí al auto, en realidad me relegaron a la tolva, y continué el camino oliendo a todo menos a leña.

Pero como eso no podía ser lo único que debía pasarme para cerrar con broche de caca ese día, llegando al hospedaje nos dijeron que no había agua. Había sido cortada y no volvería hasta el día siguiente. Claro que primero llegó mi olor y después yo y al verme me dirigieron al patio y ahí tuve que esperar. Empecé a secarme y blanquearme. Mis articulaciones estaban petrificadas y mi pestilencia alejaba hasta a las moscas enormes de la zona.
Inteligentemente es costumbre en la Selva colocar canaletas alrededor de los techos y éstos dirigidos a enormes barriles, de manera que aprovechando las fuertes lluvias los barriles se llenan de agua. Procedí entonces a hacer más melodramática la escena y lloré... y llorando me dirigí al barril y con la misma habilidad del Chavo del 8 me introduje en el barril y procedí a limpiar mi bello cuerpo. Al fin me liberé de la presión con agüita de lluvia pero sin jabón hasta el día siguiente que el agua volvió y pude al fin usar los baños. Bañarme con total elegancia y preocupación al punto de hasta extrañar el olor que me acompañó todo el día anterior. Creó que gasté un jabón completo en cada recoveco de mi grácil cuerpo y al fin pasé a ser el pelito de poto más limpio de toda la Selva.

Es por eso que hoy en día no únicamente el olor a leña me recuerda a la Selva sino otro olor particular también me permite remontarme a mis días allá a donde espero volver pero por ninguna razón empujar un carro de una trampa de barro... porque no sólo es barro.

Moraleja: Cuidado con el empujón porque en el lodo puedes darte un remojón y terminar hecho un enorme mojón.